La ideología racista se fundamenta en una concepción filosófica, denominada determinismo, que considera que todo acontecimiento físico, incluyendo el pensamiento y las acciones humanas, están perfectamente determinados por relaciones de causa-efecto.

El determinismo había sido planteado ya previamente por los estoicos como un determinismo cosmológico (fatalismo). Según esta corriente filosófica cada una de las acciones humanas responde a un plan predeterminado, conocido como Destino o Hado por los clásicos. La ética estoica se basa en la existencia de una fuerza irresistible e inamovible que está en todas partes aunque no la veamos y actuemos ignorantes, creyéndonos libres. El destino es pues quien maneja los hilos de la historia y del ser humano. Zenón de Citio, Séneca y Epicteto fueron los principales representantes de esta corriente filosófica.

El fatalismo estoico fue retomado por los pensadores ilustrados del materialismo francés. La Mettrie, d´Holbach y Diderot fueron los máximos representantes inspirados en el pensamiento determinista de Espinoza. Para estos filósofos del iluminismo, el hombre no es dueño de su voluntad ni de su juicio, sino que está determinado fatalmente por las características de su nacimiento y de su educación.

Julien Offray de La Mettrie (1709-1751) tomará la materia como principio único y rector del universo (El hombre máquina, 1747). Una materia que no ha sido creada sino que es eterna y que a través de su movimiento va dando forma a distintos objetos, como seres humanos, animales y plantas. Según La Mettrie la materia se regiría a sí misma como una máquina que tiene resortes y mecanismos que la impulsan y mantienen: “El cuerpo humano es una máquina que se monta ella misma sus resortes: viva imagen del movimiento perpetuo.” Para La Mettrie la actividad humana es hedonista ya que se reduce a una continua búsqueda del placer. De esta manera negaba cualquier componente psicológico en el ser humano, reducido únicamente a simple fisiología. La Mettrie apoyaba su pensamiento en el sensualismo postulado por el francés Etienne Bonnot de Condillac (1714-1780) para quien la fórmula del hombre se reducía a estatua + sentidos. Para Condillac no existen ideas innatas sino que todo conocimiento humano procede de los sentidos. Llegaría incluso a afirmar que el lenguaje no es expresión del pensamiento sino que sería una mera herramienta más.

El materialismo tiene como dogma fundamental la circularidad de la historia humana. Un sucederse de ciclos de apogeo y decadencia. Giambattista Vico (1668-1744), animado por el espíritu mecanicista de la época, postulará una visión circular y fatalista, estableciendo ciertas leyes que rigen el proceso del hombre hacia el estado de perfección al que aspira. Este camino seguiría una línea espiral, con ciclos (“cursos” y “recursos”), donde determinadas situaciones se reproducen en momentos distintos.

Diderot afirmará en Los Elementos de Fisiología (1774-1780): “la voluntad no es menos mecánica que el entendimiento; la volición precede a la acción de las fibras musculares; pero la volición sigue a la sensación; son dos funciones del cerebro; son corporales”. Ya en la Carta a Landois, escribía en 1756: “Obsérvelo de cerca, y verá que la palabra libertad es una palabra vacía de significado; que no puede haber seres libres; que no somos otra cosa que aquello que conviene al orden general, a la organización, a la educación y a la cadena de acontecimientos. He ahí lo que dispone de nosotros invenciblemente. No se concibe un ser que actúe sin la atadura o bien de una naturaleza o de una causa cualquiera que no está en nosotros.[1]

El iluminismo ilustrado encontraba así en la doctrina del fatalismo la mejor excusa para liberar al hombre de la responsabilidad de sus actos, al ser estos fruto del destino. Ahora bien, para hacer frente al crimen sólo hay una salida: el castigo. El gobierno ha de tener el poder de castigar a los criminales para que su ejemplo disuada a los demás. “Si la sociedad tiene derecho a conservarse a sí misma, tiene el derecho de emplear los medios para hacerlo; tales medios son las leyes, que presentan a los hombres los motivos para disuadirles de las acciones dañinas. ¿Que estos motivos no son suficientes? La sociedad, por su propio bien, está obligada a quitarles el poder de dañar.”[2]

El fatalismo materialista fue sustituido por el determinismo radical en las ciencias a partir de las reflexiones filosóficas del positivismo de Auguste Comte. El principal representante en las ciencias físicas que aplicó esta metodología fue el francés Pierre Simon Laplace (1749-1827). Laplace aseguraba que una vez conocidas todas las ecuaciones de las leyes naturales, y las condiciones iniciales de partida, se podía predecir con absoluta fidelidad las condiciones finales de cualquier proceso físico. El conocimiento científico permitía de esta manera conseguir el dominio del universo. Este fue el principal sueño de la razón del hombre ilustrado: lograr, mediante la ciencia y el progreso, el control y dominio de la propia naturaleza. En su obra Méchanique Laplace concibe el sistema solar como una enorme máquina que no necesita intervenciones divinas ni principios metafísicos. “Podemos mirar el estado presente del universo como el efecto del pasado y la causa de su futuro. Se podría considerar un intelecto que en cualquier momento dado sabría todas las fuerzas que animan la naturaleza y las posiciones de los seres que la componen, si este intelecto fuera lo suficientemente vasto para someter los datos al análisis, podría condensar en una simple fórmula de movimiento de los grandes cuerpos del universo y del átomo más ligero; para tal intelecto nada podría ser incierto y el futuro así como el pasado estarían frente a sus ojos.[3]

Palabras con intenciones parecidas a las de Laplace tienen precedentes, o expresiones similares, entre diversos autores que consideraron el sometimiento de todos los fenómenos existentes a la necesidad: “Aunque podamos imaginarnos que nos sentimos en libertad, un espectador puede comúnmente deducir nuestros actos de nuestros motivos y de nuestro carácter; aún si no lo puede, deduce de manera general que él podría llegar a conocer perfectamente todas las circunstancias de nuestra situación y de nuestro carácter, y los más secretos resortes de nuestra constitución y de nuestras disposiciones. Ahora bien, ésta es la esencia de la necesidad.”[4]

“Se puede, pues, admitir que si para nosotros fuere posible tener en el modo de pensar de un hombre, tal y como se muestra por actos interiores y exteriores, una visión tan profunda que todo motor, aun el más insignificante, nos fuera conocido, y del mismo modo todas las circunstancias exteriores que operen sobre él, se podría calcular con seguridad la conducta de un hombre en lo porvenir, como los eclipses de sol o de la luna, y, sin embargo, sostener que el hombre es libre.”(Kant 1788, ed. española 1994: p. 125).

“En planes y empresas propios tenemos en cuenta el efecto de los motivos sobre los hombres con una seguridad que vendría a ser del todo igual a aquella con la que se calculan los efectos mecánicos de los dispositivos mecánicos, siempre y cuando conociésemos los caracteres individuales de los hombres a tratar aquí con la misma exactitud con que allí se conoce el largo y grosor de la viga, los diámetros de las ruedas, el peso de las cargas, etc.”(Schopenhauer 1841, ed. española 1993: p. 72).

El universo determinista ideado por Pierre Simón Laplace se ha demostrado falso con los descubrimientos de la física moderna, especialmente la mecánica cuántica y el principio de incertidumbre. Estas prueban que la existencia de un intelecto [humano] que conozca con exactitud es imposible. La ciencia prefiere hablar en la actualidad de predictibilidad.

El planteamiento determinista es heredero del mecanicismo planteado en el s. XVII por René Descartes. Con él se inicia en el pensamiento occidental una corriente en la que el ser vivo es asimilado a una máquina mecánica. En la parte quinta de su Discurso del método (1637), Descartes compara el mundo, animado e inanimado, con una máquina (la bête machine). Para Descartes los animales no son sino mecanismos, sin sensibilidad ni alma. Los humanos tendrían una parte animal-material-mecánica y otra inmaterial formada por el alma. Esta metáfora cartesiana de la máquina ha llegado a dominar la ciencia y a funcionar como base legitimizadora de la visión burguesa del mundo. La máquina es el símbolo de las relaciones productivas burguesas.

“Para Descartes el mundo era como una máquina, y los organismos vivos son simplemente tipos particulares de mecanismos de relojería o máquinas hidráulicas. Es esta imagen cartesiana de la máquina la que ha venido a dominar la ciencia y actúa como metáfora legitimadora de una particular visión del mundo, en la que se tomaba la máquina como modelo para los organismos vivos y no al revés. Los cuerpos son unidades indisolubles que pierden sus características esenciales si los dividimos en piezas. Las máquinas por el contrario se pueden desmontar y volver a montar. Cada parte sirve para una función separada y analizable, y el todo funciona de una manera regular que se puede describir por la operación de sus partes componentes incidiendo las unas en las otras.”[5]

Pero hay una esencial diferencia entre una máquina y un ser vivo. Mientras la máquina puede ser desmontada para ser estudiada y luego volver a ser reconstruida, un ser vivo en el momento en que se “desmonta”, deja de estar vivo. Parecía que hubiera algo en el ser vivo que es el ánima de su vitalidad y que no puede ser diseccionado en partes para comprobar su funcionamiento. Además en el ser humano existe algo más que su propia vitalidad y es la conciencia de saberse vivo. Para solventar todos estos problemas Descartes habló de dos sustancias diferentes: la materia, sujeta a las leyes mecánicas de la física, y el alma, una sustancia inmaterial donde se hallaría la conciencia del individuo y que era inmortal. La interacción entre estas dos sustancias se llevaba a cabo a través de la glándula pineal, mediante la cual el alma/mente accionaba los distintos mecanismos que articulaban el cuerpo material. Este es el comienzo del dualismo que llevó inevitablemente al reduccionismo materialista. Un dualismo que favorecía al capitalismo naciente y que sirvió para legitimar que la religión ocupara el espacio privado de las personas, mientras que la “civitas” ocupaba el espacio público. Durante la semana los hombres eran tratados como máquinas susceptibles de una explotación productiva regulada por el Estado, mientras que los domingos podían ser tratados en su iglesia como almas inmortales con un espíritu libre incorpóreo ajena a los traumas del mundo físico.

Para Descartes el mundo es como una enorme máquina de relojería. El papel de Dios se reduce a ser el relojero que le da cuerda… el resto es movimiento dirigido por ese impulso inicial.

Continuador de este mecanicismo cartesiano será el empirista inglés Thomas Hobbes (1588-1679), quien aplicará los postulados materialistas a la política. Para él el universo es concebido como una gran máquina corpórea, donde todo se rige por estrictas leyes mecánicas de la materia y sus relaciones dinámicas por el espacio: “El universo es corpóreo. Todo lo que es real es material y lo que no es material no es real.”[6]

Este fragmento resume la filosofía materialista de Hobbes para quien todos los fenómenos del universo están determinados por una cadena causal de acontecimientos. Nada surge del azar, sino que sigue una serie de causas, y por ello todo puede ser anticipado y previsto. Por ello el propósito de la organización social es básicamente regular las características inevitables de la condición humana. En su obra Leviatán (1651), Hobbes expone la máxima social “homo homini lupus” (el hombre es un lobo para el hombre). De esta manera, anteponiendo los intereses individuales a los colectivos, ayudó a sentar las bases de la sociedad burguesa, sustentadas en la competitividad, el egocentrismo, la desconfianza y la depredación humana; hechos naturales e inevitables para Hobbes, puesto que según él la estructura biológica del hombre así lo determina.

Este determinismo materialista también lo asumirá uno de los ideólogos más importantes del racismo: Hyppolite Taine, para quien no hay ningún acontecimiento que ocurra sin una causa; incluso nuestras formas de pensar y de sentir, así como nuestros actos, nos son dictados por causas perfectamente identificables y extraordinariamente estables. “Aquí, como en todas partes, no hay más que un problema de mecánica: el efecto total es un compuesto determinado en su totalidad por la magnitud y la dirección de las fuerzas que lo producen.”[7] “Es también así para cada especie de producción humana, para la literatura, la música, el arte del dibujo, la filosofía, las ciencias, el Estado, la industria y todo lo demás. Cada uno de estos aspectos tiene como causa una disposición moral, o un concurso de disposiciones morales: dada esta causa, el aspecto aparece; si se retira esta causa, desaparece.”[8]

Auguste Comte lleva estas conclusiones del ámbito científico al campo de la sociología en toda su radicalidad. En su opinión, cuando se conozcan con exactitud las leyes que regulan la conducta social, se podrá conseguir un orden social perfecto y científico.

Para el determinismo cada pieza es empujada por la anterior y a su vez empuja a la siguiente. El materialismo además afirma que no existe primera ni última pieza, sino que la cadena de efectos es infinita…

El determinismo científico no es más que la consecuencia secular del protestantismo calvinista, para el cual el ser humano carece de libre albedrío, pues su destino está perfectamente predestinado por Dios. Para Juan Calvino la omnipotencia de Dios es tan absoluta que no puede dejar nada al azar. Esta negación de la acción providente de Dios concluye que tanto las normas de conducta compartidas, como las diferencias sociales y económicas que existen entre los diferentes grupos humanos, ya sean razas, clases o sexos, son consecuencia de ciertas diferencias innatas heredadas. La sociedad, como defenderá H. Spencer, se comportará como un gran superorganismo que se rige por las leyes de la biología: supervivencia del más fuerte y eliminación del más débil.

Muchos biólogos materialistas, como Moleschott y Vogt, tuvieron una gran influencia en el desarrollo de los presupuestos ideológicos del racismo. Para ellos, una persona es lo que come. La inteligencia es cuestión de fósforo, y el cerebro segrega pensamiento de igual manera que el riñón secreta la orina. El fisiólogo holandés Jacob Moleschott (1823-1893) convertirá el estudio y la curación de las diversas “partes” humanas en la forma de “curar” a los individuos y sociedades. Así una molécula alterada produciría una mente enferma, o la extirpación de ciertas zonas del cerebro permitirían reducir la violencia en las ciudades. Su lema fue: “No hay materia sin fuerza, no hay fuerza sin materia.”

“Hay muchos, dice, que creen la actividad mental íntimamente unida a la cantidad de fósforo asimilada por el cerebro. […] La cerebrina, que es el producto verdaderamente característico del tejido cerebral, no presenta huellas de fósforo. Así, los fisiólogos y los químicos verdaderamente autorizados se han negado siempre a admitir que el fósforo sea más indispensable a la actividad cerebral que el carbono o el azoe, u otro cualquier elemento de los tejidos animales y vegetales. Esto no impide que todo el mundo repita la famosa frase alemana: “Ohne Phosphor keine Gedanke” (sin fósforo no hay pensamiento), y que a cada paso se encuentre más o menos definida la creencia de que el pensamiento procede del fósforo. La idea más extendida a este propósito es que la actividad del cerebro debe ir acompañada de cierta fosforescencia del órgano.”[9]

Para estos científicos su compromiso con el mecanicismo formaba parte de su lucha contra la religión. Muchas de estas tesis las adoptará el materialismo de Feuerbach, quien a su vez será punto de partida del materialismo de Karl Marx y F. Engels.

Thomas H. Huxley asimiló la mente humana al silbato de una máquina de vapor, afirmando de esta manera que el pensamiento era un producto irrelevante de la función fisiológica. Pretendía convertir la conciencia en un producto colateral del funcionamiento del cuerpo, que no tiene poder alguno para modificar dicho funcionamiento, de la misma manera que el silbato de vapor que acompaña los movimientos de una locomotora no tiene ninguna influencia en su maquinaria. Con toda esta argumentación Huxley negaba la libertad humana convirtiendo al hombre en un autómata consciente.

Pavlov y su teoría de los reflejos condicionados pretendía reducir la psicología a mera fisiología. De esta manera la actividad celular produciría el comportamiento, y como los genes son los que elaboran las moléculas, la relación entre la química humana y la violencia criminal sería una relación de causa y efecto.

Para el criminólogo italiano Cesareo Lombroso se podía identificar a los criminales a través de ciertos rasgos fisiológicos básicos, como la forma del cráneo, el aspecto de su cara, o la presencia de tatuajes o manchas en su cuerpo. “El criminal tiene por naturaleza una débil capacidad craneal, una mandíbula pesada y pronunciada, los arcos ciliares salientes, un cráneo anormal y asimétrico… orejas prominentes y, con frecuencia, una nariz torcida o chata. Los criminales padecen daltonismo; es común que sean zurdos; su fuerza muscular es débil… Su degeneración moral se corresponde con su físico, sus tendencias criminales se manifiestan en la infancia en (la masturbación), la crueldad, la inclinación al robo, la vanidad excesiva, el carácter impulsivo. El criminal es por naturaleza perezoso, vicioso, cobarde, inasequible al remordimiento, escaso de frente… su caligrafía es peculiar… su jerga es sumamente difusa… Es la persistencia… generalizada de un tipo de raza inferior.”[10]

Lombroso se planteó conseguir un método criminológico que predijera los comportamientos antisociales a partir de los rasgos físicos de una persona. De sus estudios realizados en prisiones dedujo entre otras cosas que los criminales tienen “ojos fríos, vidriosos, inyectados en sangre, cabello rizado y abundante, mandíbulas fuertes, orejas grandes y labios finos”; que los falsificadores son “pálidos y amables, tienen ojos pequeños y nariz grande; y pronto se vuelven canosos y calvos”; y que los criminales sexuales tienen “ojos centelleantes, mandíbulas fuertes, labios gruesos, cabello abundante y orejas prominentes.”[11]

Existe otra forma de determinismo en algunos aspectos teológicos del islamismo. Para los filósofos del islám (yaharíes y asaríes) todas las cosas están sujetas a un determinismo marcado por la libérrima voluntad divina. Los actos del hombre no dependen de él, sino de la voluntad de Dios, el cual, y no el hombre, es el responsable de las acciones humanas.

En la actualidad, el determinismo biológico se plantea en términos de determinismo genético. Sus principales defensores son Edgard O. Wilson y Richard Dawkins, promotores de la sociobiología, para quienes la estructura genética de animales y seres humanos determina la conducta y el comportamiento de estos. Para ellos el gen es ontológicamente previo al individuo y el individuo a la sociedad. Dawkins afirma, por ejemplo, que si existen personas religiosas es porque existe un gen en sus organismos que hace que estas sean religiosas. Así, las manifestaciones sociales de los individuos serían el reflejo de leyes evolutivas orientadas a la supervivencia y selección de los genes mejores, y la eliminación de aquellos que por defectuosos no aportan nada a la supervivencia, no ya del individuo, sino de su especie. Para justificar sus teorías acuden a términos extraídos del capitalismo económico, como coste-beneficio, oportunidad de inversión, teoría del juego, ingeniería de sistemas, etc., justificando de esta manera el orden social y las relaciones de explotación de unos hombres sobre otros.

No son pocos los científicos de renombre que se han manifestado críticos con estos planteamientos tan simplistas y reduccionistas. Entre ellos destacamos a Richard Lewontin (genetista), Steven Rose (neurobiólogo), Marshall Sahtius (antropólogo), Leon Kamin (psicólogo), Alfie Kohn (pedagogo) y Stephen Jay Gould (biólogo). El determinismo genético elimina el concepto de responsabilidad de los actos y por ello plantea problemas muy serios a nivel judicial, ya que puede provocar que la gente culpe a sus genes para justificar sus conductas violentas o antisociales. Estos mismos autores critican al determinismo sociobiológico de pretender justificar el status quo de las élites, justificando los programas políticos de gobiernos autoritarios. Así ha sucedido con [...][12] con el Frente Nacional neonazi británico, que, apoyados en estas doctrinas sociobiológicas, sostienen en la actualidad posturas neoracistas.

Ahora bien, si los seres humanos estamos regidos por leyes físicas tan inmutables como las que gobiernan el movimiento de los planetas, ¿qué sentido tendrían nuestros esfuerzos? Karl Popper llama a este callejón sin salida “la pesadilla del determinismo físico”: un mundo en el que parece que todo lo que hace libremente el ser humano es pura ilusión. En el prefacio de El Universo abierto (1982) reconoce la imposibilidad científica del determinismo: “Mantengo que el determinismo laplaciano es insostenible y, además, que no lo requieren ni la física clásica ni la contemporánea. Este es un cometido serio, que no tiene nada que ver con subterfugios verbales. Mi argumentación, pues, será más en un plano cosmológico: hablaré del carácter de nuestro mundo en vez de hablar del significado de las palabras.”[13] “Entre las razones de mi convicción destaca el argumento intuitivo de que la creación de una obra nueva, tal como la Sinfonía en sol menor de Mozart, no puede predecirse en todos los detalles por un físico o un fisiólogo.”[14]



[1] Denis Diderot, Lettre à Landois, 29 de junio de 1756.

[2] D´Holbach, Sistema de la naturaleza, 1770.

[3] S. de Laplace, Le traité de mécanique celeste, París 1799-1825; 1829-1839.

[4] Hume 1748, ed. 1975: p. 103.

[5] A. Woods y T. Grant, Razón y Revolución. Citado en: Cuadernos del CAUM, Qúe es el determinismo biológico.

[6] Hobbes, Leviatán.

[7] Hyppolite Taine, Histoire de la littérature anglaise, p. XXIX. Citado por: Tzvetan Todorov, Nosotros y los otros, Ed. Siglo Veintiuno, 2007, p. 122.

[8] Idem.

[9] Jacobo Moleschott, El fósforo y el pensamiento, en: La Ilustración hispano-americana, Barcelona, 17 de mayo de 1891, año XII, número 550, p. 314.

[10] Cesareo Lombroso, citado en: S. Chorover, From Genesis to Genocide, MIT Press, Cambridge, Mass., 1979, pp. 179-180. Existe una traducción castellana: Del génesis al genocidio, Ediciones Orbis, Barcelona, 1987.

[11] Idem, p. 180.

[12] NOTA DEL EDITOR: Una breve frase ha sido eliminada del texto por contener una afirmación cuya veracidad no ha sido fundamentada por el autor y que podría prima facie considerarse difamatoria contra la Heritage Foundation una organización estadounidense que promueve intereses políticos conservadores y tradicionalistas.

[13] Popper 1956, Prefacio de 1982. Siguientemente el autor cita Ibid. cap. 3.

[14] NOTA DE FE Y RAZON: Estamos publicando en entregas sucesivas, con permiso del autor, el libro Las mentiras del Racismo del Lic. José Alfredo Elía Marcos. En este libro, el autor expone el verdadero origen de la ideología del racismo, su desarrollo histórico (colonialismo, apartheid, nazismo...) y cómo fue vencida (teóricamente, que no en la práctica) durante el siglo XX. Es un texto sorprendente y revelador de cómo una ideología materialista y atea originó una falsa antropología sobre el hombre y sus relaciones; una ideología que tiene su sustituto actual en otro planteamiento deshumanizador y destructor: la ideología de género. José Alfredo José Alfredo Elía Marcos es español, nacido en Valladolid y residente en Madrid. Licenciado en Ciencias Físicas. Profesor de Instituto. Casado y padre de tres niños. Ha dado diversas conferencias sobre Publicidad, Antropología, Ciencia y Fe. También ha dado cursos sobre Cine y Educación, y Cultura de la Vida. Autor del libro Superpoblación: La conjura contra la vida humana, y de los blogs No matarás y Las mentiras del racismo. Elía Marcos, Las mentiras del Racismo. El peligroso mito de la raza y la falaz ideología del determinismo biológico.