El judaísmo, la religión establecida de un modo formal por Moisés desde el Monte Sinaí, fue la única religión del mundo antiguo que estuvo basada sobre la divina revelación. Todas las otras religiones fueron fundadas por hombres e influenciadas por demonios en un grado mayor o menor, como el mismo Espíritu Santo inspiró a David a decir: “porque todos los dioses de los gentiles son demonios” (Salmos 95:5). El judaísmo, por lo tanto, fue la gran excepción en el mundo antiguo, una religión inspirada por Dios mismo para preparar al mundo para recibir al Mesías.

¿Los israelitas fueron siempre fieles a su gran vocación? No, no lo fueron. Ellos no estaban contentos con tener a un Dios puramente espiritual –envidiaban a los paganos que los rodeaban, quienes tenían ídolos. Y una y otra vez se involucraron en la idolatría, especialmente en Egipto. ¡Ellos simplemente no podían estar sin un pequeño ídolo para adorar a escondidas en casa! Por eso Dios nuestro Señor fue tan fuerte contra la idolatría en el Antiguo Testamento. Pero El alentó la construcción de estatuas que representaban ángeles y otras criaturas y fueron ubicadas en el Templo de Salomón. El Arca de la Alianza, el objeto más sagrado del mundo, tenía dos estatuas de ángeles sobre su tapa.

En el Monte Sinaí, los hebreos hicieron un ídolo –el famoso e infame becerro de oro– y pagaron cara su idolatría: sólo los hijos de Aarón fueron sacerdotes, y sólo los levitas tenían permitido servir en el Templo. Todos los varones de todas las once tribus fueron excluidos para siempre del sacerdocio.

Pero afortunadamente ellos abandonaron su idolatría de una vez para siempre durante su exilio en Babilonia. Más de medio siglo de esclavitud los curó de su manía idolátrica. Así, en tiempos de Jesús no había un verdadero problema de idolatría. Había un problema con la hipocresía (fariseos) y con la adoración de la riqueza (saduceos). Pero el judaísmo era todavía la religión de Dios, y Nuestro Señor Jesucristo fue un verdadero judío, fiel a todas las enseñanzas y tradiciones de Moisés. ¡Desde Su infancia hasta Su muerte El practicó la religión judía, pagó los impuestos, adoró en el Templo, celebró las fiestas, todo! Sí, el judaísmo era lo que decía ser: el modo de Dios para traer la salvación a la humanidad, como el mismo Jesús afirmó: “La salvación viene de los judíos”(Juan 4:22).

Y sí vino. El era su salvación, como incluso Su nombre lo dice: Jesús significa “Salvador”, y por medio de los judíos la salvación sería propagada en todo el mundo. Pero –y a menudo hay un trágico “pero”– El [la Palabra] “vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Juan 1:11). Nosotros, los hijos de los gentiles, sí la recibimos. Pero éste es otro tema para posteriores artículos.

Los libros escritos por los profetas hebreos son reconocidos por la Iglesia Católica como divinamente inspirados, y ellos profetizaron al Mesías con increíble detalle, como hemos visto antes. Pero los judíos de la época de Jesús querían su propio tipo de Mesías. Ellos se habían entregado a toda clase de corrupción moral y doctrinal. El mismo Jesús los llamó “generación malvada y adúltera” (Mateo 16:4; cf. Marcos 8:38). Flavio Josefo, el famoso historiador judío del siglo I, quien fue contemporáneo con la destrucción del Templo, escribió que si los romanos no hubieran castigado a los judíos, una inundación, un terremoto o los fuegos de Sodoma los habrían abrumado…

A ellos no les gustó la idea de que también los gentiles estaban llamados al reino: después de todo, sólo ellos eran el pueblo elegido de Dios, destinado a gobernar el mundo cuando el Mesías viniera como un nuevo Judas Macabeo, enviando a los romanos de regreso a Roma, y prevaleciendo sobre todas las naciones. Y ellos, especialmente los fariseos, odiaban a Cristo porque El no predicaba como ellos predicaban. Los saduceos no adoraban al becerro de oro; adoraban al oro del becerro. Ellos gobernaban el Templo y les disgustaban los fariseos y todas las otras sectas y grupos (herodianos, zelotas, publicanos), pero se unieron a ellos para gritar “¡Crucifícalo!”

Es impresionante cómo la historia se repite: las sectas judías sostenían credos y códigos morales diferentes, pero se pusieron de acuerdo para condenar a Jesús. Hoy todas las religiones no católicas que dicen ser cristianas están en desacuerdo entre sí en cuanto a credos y códigos morales, pero todas concuerdan en decir que la Iglesia Católica está equivocada. Lo que se dijo acerca de Jesús en el pasado se dice acerca de Su Iglesia hoy. Pero me aparto del tema.

El hecho histórico es que ellos rechazaron a su propio Mesías. Y su Dios, el único Dios verdadero, los castigó por ello. Su templo fue destruido, los registros de los sacerdotes fueron destruidos, el Arca ya se había perdido, las tribus se mezclaron, de modo que nadie sabe quién es levita para administrar el culto en un eventual nuevo Templo o quién desciende de Aarón, para ser capaz de cumplir la Ley de Moisés y ofrecer los sacrificios diarios… El pueblo judío se dispersó entre las naciones. En resumen, ellos perdieron su Alianza con Dios.

Las noticias de que un nuevo Templo será construido en Jerusalén no deberían sorprendernos. Será un monumento a la Antigua Alianza, pero no la cosa verdadera, y por dos razones simples: no está en el lugar correcto (la Mezquita de la Roca ocupa hoy el lugar correcto) y no habrá sacrificios, porque sólo los descendientes de Aarón tenían permitido hacerlos, según la voluntad explícita de Dios.

Pero el mismo Dios que los castigó dando fin a la Antigua Alianza estableció una Nueva Alianza, no más basada en la sangre de terneros y bueyes, sino en la Sangre de Su propio Hijo, como El afirmó en la Última Cena. Porque hoy no hay dos Alianzas, sino sólo una. La Antigua Alianza fue reemplazada por la Nueva, y la nación judía perdió su elección exclusiva.

San Pablo, que había sido un fariseo fiel, sufrió al ver a su propio amado pueblo desconectado del Mesías de Dios a causa de la ceguera de sus corazones endurecidos (Romanos 9:1-5). Incluso el mismo Jesús lloró sobre Jerusalén (Mateo 23:37), pero San Pablo profetizó que el pueblo judío un día volvería a Dios y se convertiría.[1]

A lo largo de los siglos, se han establecido congregaciones católicas de sacerdotes y monjas para orar y trabajar por la conversión de los judíos, nuestros ancestros en la fe. Un verdadero católico nunca puede ser anti-semita, pues sería contrario a nosotros mismos, como Pío XI declaró una vez: “espiritualmente, todos nosotros somos semitas.”

Muchos grandes conversos del judaísmo han adornado a la Iglesia Católica con ejemplos sobresalientes de fe y de fidelidad al propósito de su nación, es decir, ser la cuna para el Mesías. Edith Stein fue una filósofa judía alemana y una santa canonizada que murió en Auschwitz. En abril de 1933 ella escribió una carta al Papa Pío XI “como una hija del pueblo judío que, por la gracia de Dios, durante los últimos once años ha sido también una hija de la Iglesia Católica.”[2]



[1] Romanos 11:12, 15, 25-26, 31

[2] Raymond de Souza KM está disponible para hablar en eventos católicos en cualquier lugar del mundo libre en inglés, español, francés y portugués. Por favor envíe un email a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. o visite www.RaymonddeSouza.com o llame por teléfono a 507-450-4196 en los Estados Unidos