Como sabrán los lectores, La Civiltà Cattolica, revista oficiosa del Vaticano e impresa con el control previo de la Santa Sede, acaba de publicar un artículo del P. Giancarlo Pani SJ dedicado a la propuesta de cambiar la doctrina católica sobre el sacerdocio, de modo que se admita el sacerdocio femenino en la Iglesia.

Es un artículo pasmoso, que revela una actitud de rechazo abierto y frontal de la fe de la Iglesia, al servicio de las ideologías de moda en nuestra época. Resulta casi increíble que un medio como la Civiltà preste cobijo y apoyo a posturas como esta, imposibles de reconciliar con el catolicismo.

La doctrina de que la Iglesia no está facultada para ordenar mujeres ha sido enseñada siempre por el Magisterio, sigue el ejemplo del mismo Cristo y es parte de la fe católica. Recogiendo una larga sucesión de textos magisteriales sobre el mismo tema, San Juan Pablo II enseñó que:

“Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lucas 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia” (Ordinatio Sacerdotalis).

Por si eso fuera poco, la Congregación para la Doctrina de la Fe declaró un año después que: “la Iglesia no tiene facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres” y que esa verdad “exige un asentimiento definitivo”, está “basada en la Palabra de Dios escrita y constantemente conservada y aplicada en la Tradición de la Iglesia desde el principio”, “se ha de entender como perteneciente al depósito de la fe” y “ha sido propuesta infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal.”[1]

En principio, uno pensaría que “infalible”, “definitivo”, “Palabra de Dios”, “Tradición” y “depósito de la fe” bastan para que un tema quede perfectamente claro para los católicos. Sin embargo, el P. Pani SJ no lo considera así y propone un cambio en esta doctrina, quizá sin ser consciente de que algo así equivale a pedir la destrucción completa de la doctrina católica, porque si una doctrina infalible y definitiva está equivocada y se puede cambiar, eso quiere decir que no existen las doctrinas infalibles y definitivas. Si la fe católica puede cambiar, eso quiere decir que no es verdadera revelación de Dios, sino una mera opinión humana.

¿Cuáles son los argumentos de peso del P. Giancarlo para pedir algo tan grave? En apoyo del sacerdocio femenino, de forma bastante trillada pero no por eso menos sorprendente, apela a que la doctrina no contempla los “profundos cambios sociales y culturales que han afectado a las mujeres” “en el siglo XX”. ¿Qué sentido tiene dar ahora como argumento los cambios del siglo XX, si precisamente la Iglesia del siglo XX fue la que definió de manera irreformable la cuestión? ¿No vivía San Juan Pablo II en el siglo XX? En otro lugar, el articulista intenta camuflar un poco la incoherencia apelando al siglo XXI y diciendo que la Iglesia, al definir que el sacerdocio ministerial está reservado a los hombres, “no toma en cuenta los desarrollos que en el siglo XXI han tenido la presencia y el rol de la mujer en la familia y en la sociedad. Se trata de dignidad, de responsabilidad y de participación eclesial”. Esta táctica, sin embargo, produce más bien sonrojo, porque, como hemos visto, en otra parte del artículo reconoce que esos “desarrollos” son los mismos del siglo XX, algo evidente por otra parte, teniendo en cuenta que el nuevo siglo apenas lleva diecisiete años de andadura, en los que, francamente, no hemos inventado nada nuevo.

Por otra parte, se trasluce un entendimiento de la cuestión completamente ajeno al catolicismo. En primer lugar, es una forma de razonar burdamente cronolátrica, como si la naturaleza del hombre, de la mujer y del sacerdocio no fuera la misma hoy que hace dos milenios. En segundo lugar y de forma fundamental, el artículo revela un enfoque montanista de la Revelación, que nada tiene que ver con la fe católica: “No se puede recurrir siempre al pasado, como si solamente en el pasado hubiera indicaciones del Espíritu. También hoy el Señor guía a la Iglesia y sugiere asumir con valentía perspectivas nuevas”.

Es asombroso que en un artículo publicado en una revista católica seria y tan importante, se digan estas cosas. La frase “no se puede recurrir siempre al pasado” es frontal y expresamente anticatólica. El autor olvida (o rechaza) que el catolicismo no es una filosofía que construimos, sino la Verdad revelada por Dios en su Hijo Jesucristo, encarnado en el siglo I para nuestra salvación, que es “mediador y plenitud de toda la Revelación.”[2] Contra lo que dice el P. Pani SJ, la misión de la Iglesia es, expresamente, recurrir siempre al pasado, volver la mirada a la Revelación “entregada de una vez a los santos” en Jesucristo y transmitida por la Tradición, y proponerla de modo siempre nuevo a los hombres. Las fuentes de la Revelación son dos, Escritura y Tradición, interpretadas por el Magisterio (cf. Dei Verbum 10), y no hay una tercera consistente en “perspectivas nuevas” o “indicaciones del Espíritu”, que se salgan de lo revelado. No hay nuevas revelaciones públicas, ni el Señor puede guiar a la Iglesia a algo fundamentalmente diferente de lo que siempre ha enseñado. Como explica San Juan de la Cruz (y cita el Catecismo): “el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad.”[3]

Como ya hemos indicado, la Iglesia, al definir esta verdad de fe católica, hizo lo que tenía que hacer: recordarnos una verdad “basada en la Palabra de Dios escrita y constantemente conservada y aplicada en la Tradición de la Iglesia desde el principio,” siguiendo el ejemplo del mismo Cristo. Quien critica algo así, está criticando toda la fe de la Iglesia, porque toda ella la hemos recibido “del pasado.” Así lo enseña el Catecismo: “la fe cristiana no puede aceptar ‘revelaciones’ que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud.”[4]

Por otra parte, el artículo utiliza un lenguaje engañoso, inadmisible en cualquier reflexión teológica seria. Se dice, por ejemplo, que “las dificultades de recepción de la respuesta crearon ‘tensiones’ en las relaciones entre Magisterio y Teología por los problemas vinculados”. Con esto, a lo que realmente se refiere es a que, a pesar de la definición infalible, hubo algunos teólogos que continuaron sin aceptar la enseñanza de la Iglesia y siguieron defendiendo lo indefendible, pura y simplemente porque no estaban dispuestos a aceptar la fe católica. No se trata de tensiones entre Magisterio y Teología, sino de falta de fe por parte de algunos seudoteólogos (que, además, en el artículo de la Civiltà, se identifican directamente con la “Teología”, con una desfachatez asombrosa, como si no hubiera innumerables teólogos católicos que aceptaron con alegría la definición infalible de la Iglesia, del mismo modo que antes habían aceptado siempre su doctrina constante sobre este tema).

Del mismo modo, se utiliza como argumento a favor de cambiar nuestra fe católica que “hoy hay malestar entre quienes no llegan a comprender cómo la exclusión de la mujer del ministerio de la Iglesia puede coexistir con la afirmación y la valoración de su igual dignidad.” Para ver lo absurdo de esta forma de razonar, basta aplicarla a cualquier otra parte de la fe de la Iglesia y decir, por ejemplo, que “hoy hay malestar entre quienes no llegan a comprender cómo la existencia de tres personas en Dios puede coexistir con la afirmación y la valoración de su unidad de naturaleza”. Cualquier teólogo con dos dedos de frente sabe que, ante esa “objeción” lo que hay que hacer es, por un lado, explicar lo mejor posible la fe de la Iglesia (cosa que la Civiltà se abstiene significativamente de hacer en este caso) y, por otro, recordar a los que sufren ese malestar que la fe de la Iglesia no es producto de un razonamiento humano, sino de la Revelación de Dios. Crede ut intelligas. Cree, acepta, ora, contempla y entenderás.

Da la impresión de que, en realidad, lo que se está ofreciendo es simplemente un argumento basado en el sentimentalismo: mirad a los pobres angustiados y agobiados porque no entienden lo que dice la Iglesia (con la insinuación de que no lo entienden porque es absurdo); si no queremos que la gente viva angustiada, debemos cambiar lo que enseña la Iglesia para que dejen de sufrir. ¿Por qué resulta tan familiar ese argumento? Quizá porque es el mismo que utiliza el mundo contra todas las doctrinas de la Iglesia que le resultan incómodas, desde la pecaminosidad de los anticonceptivos hasta la condena del aborto, pasando por el matrimonio indisoluble y la fe en la Trinidad, la transustanciación o la misma Encarnación. O quizá porque numerosos seudoteólogos llevan décadas utilizándolo “dentro” de la Iglesia para acabar con esas mismas doctrinas.

Asimismo, el P. Pani SJ afirma, citando a otro teólogo, que los pronunciamientos de la Iglesia sobre el sacerdocio “más que expresión de autoridad, parecen significar autoritarismo”. ¿Y qué criterio se nos da para diferenciar ambas cosas? Ninguno, más allá de que todo lo que le cueste creer al mundo (paganizado) de hoy es autoritarismo y debe cambiarse. El criterio de verdad es lo que quiere el mundo moderno o, mejor dicho, lo que quiere el Mundo en el sentido teológico del término. Y, por supuesto, lo que quiere y propone el autor, por mucho que se esconda de forma algo pueril tras expresiones como “muchos católicos”, la “participación”, los “cambios socioculturales”, la “Teología” o “los que no llegan a comprender”.

Quizá lo más triste de todo esto es que ni siquiera se trata de una sesuda especulación teológica, aunque sea errada, sino de una argumentación de niño pequeño. Tengo un hijo de dos años y sé de lo que hablo. Cuando quiere algo, no pierde el tiempo en grandes argumentaciones o razones sólidas, sino que se limita a decir “quero”, “quero”, “quero”, una y otra vez, a un volumen cada vez más alto, con lágrimas y, si es necesario, con una pataleta. Hasta que alguien le dé lo que quiere o, si sus padres cumplen su deber, le hagan entender que no puede tener todo lo que quiere. Así ha sucedido con los defensores del sacerdocio femenino, aunque algunos mantengan aún hoy la pataleta infantil.

Dicho más finamente, se trata de un argumento que ya expresó hace dieciocho siglos el poeta romano Juvenal: Hoc volo, sic iubeo, sit pro ratione voluntas. Es decir, “quiero esto y lo exijo; valga mi voluntad como razón.” Un “razonamiento”, este sí, definitivo, porque vale absolutamente para todo y tiene la ventaja de terminar con cualquier discusión. Contra la nuda voluntad no caben argumentaciones.

Curiosamente, este último párrafo lo escribí ya, casi idéntico, hace un año y medio. Tengo una cierta sensación de dejà vu, porque esta situación ya la hemos vivido. Cuando comenzaron los Sínodos sobre la Familia, se afirmó, increíblemente, que en el Sínodo habría “un clima de respeto por todas las posturas, de caridad mutua y con auténtico sentido constructivo. […] De hecho, es importante expresarse claramente y con valentía. En un clima de diálogo sereno y leal, los participantes estarán llamados a no presentar su propio punto de vista como exclusivo, sino a buscar juntos la verdad.”

Ya entonces señalé que esas afirmaciones no tenían sentido en la Iglesia, porque pretendían partir de cero, como si en la Iglesia no hubiera “puntos de vista exclusivos”, que son precisamente los formados por la fe y la doctrina católicas, que no se pueden discutir y cuya negación nunca es respetable. Por aquel entonces, diversos comentaristas afirmaron que yo exageraba en mi crítica, que sólo se estaba buscando una discusión sana de los temas, que nadie pensaba cambiar la doctrina de la Iglesia… y un año y medio después, se está dando la comunión a los divorciados en una nueva unión en la mitad de las diócesis del mundo, sin necesidad de arrepentimiento y propósito de enmienda.

Usando la misma táctica, la Civiltà pretende crear de nuevo una tabula rasa y partir de cero en un tema que ya está definido por la Iglesia. De un plumazo, se borra la doctrina constante de la Iglesia sobre el tema a lo largo de dos milenios e incluso el magisterio clarísimo y específico sobre este tema de los dos últimos Papas, exactamente igual que ha sucedido ya con el acceso de los divorciados a la comunión. Y todo eso sin ningún argumento, más allá de vagas referencias a la misericordia, al siglo XX, al malestar, a la angustia, al acompañamiento y al discernimiento.

De todas formas, a mi entender, no importa que el artículo esté desprovisto de argumentos, porque su única finalidad real es introducir dos frases envenenadas: “La objeción básica, que ha reaparecido en el debate, es: ¿por qué la Iglesia antigua admitió a algunas mujeres al diaconado y hasta al apostolado? ¿Y por qué después la mujer fue excluida de estas funciones?”

Estas frases muestran con claridad por dónde van los tiros y cuál va a ser la táctica del nuevo ataque contra la doctrina: basarse en la innecesaria comisión sobre el diaconado que se creó recientemente, para atacar desde ahí la fe de la Iglesia sobre este tema. En las frases, maliciosamente, se asume que las mujeres ya fueron diaconisas ordenadas sacramentalmente e incluso de alguna forma obispos, al igual que los Apóstoles, pero que después la malvada Iglesia les arrebató inmisericordemente ese derecho.

Igual que sucedió en el Sínodo con el pretexto de “hablar con libertad”, con la excusa de la comisión se desea reabrir un tema zanjado. A fin de cuentas, como sabe todo el mundo, tanto los defensores de la fe de la Iglesia como los partidarios de cambiarla, el tema no es el diaconado (no sacramental) de las mujeres, sino dar sea como sea un nuevo paso hacia el sacerdocio de la mujer, al igual que ya ocurrió en el anglicanismo.

Digámoslo una vez más: todo esto nada tiene que ver con el catolicismo. Es pura mundanidad, disfrazada de palabras bonitas y vagas para confundir las cuestiones. La única respuesta posible de un católico ante estos despropósitos es recordar las palabras de San Pablo: “Mas si aun nosotros o un ángel del cielo os anunciara otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema.”[5]

Infocatolica



[1] Congregación para la Doctrina de la Fe, Respuesta a dubia del 28 de octubre de 1995.

[2] Dei Verbum §2

[3] San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo 2,22,3-5

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, §67

[5] Gálatas 1:8.