–¿Ha visto Silencio, la última película de Scorsese?

–Hace bastantes decenios que no veo cine. Pero hoy, 6 de febrero, la liturgia de la Iglesia celebra a los mártires de Nagasaki, y me ha parecido oportuno contrastar ese Silencio con los mártires que celebramos.

Silencio, el último filme de Martin Scorsese

El drama histórico dirigido por este famoso director se basa en la novela Silencio escrita por el japonés Shushaku Endo. Dos jesuitas portugueses, el P. Sebastián Rodrigues y el P. Francisco Garrpe, viajan en la segunda mitad del siglo XVII a Japón, para buscar al formador que tuvieron en la Compañía de Jesús, el P. Cristóbal Ferreira, de quien se dice que ha apostatado de la fe cristiana. Cuando lo encuentran, comprueban que los rumores eran ciertos. Horrorizado por los tormentos espantosos que sufren los cristianos de un Estado que quiere acabar con ellos, finalmente renunció a su fe, tomó una esposa japonesa y, oficialmente protegido, vivía como una especie de filósofo. Al ser hallado por sus antiguos alumnos, trata de que abandonen la pretensión de evangelizar el país.

La película se centra en las luchas interiores que sufre el P. Rodrigues, que termina apostatando y, como su antiguo maestro, él también pasa a vivir como filósofo amparado por el Estado, toma un nombre japonés, una esposa japonesa, y acepta la exigencia de pisar cada cierto tiempo una imagen cristiana y de reafirmar su formal renuncia a la fe. En esta situación vive hasta que muere a los 64 años, y su entierro se celebra en un ritual budista. El filme da también imágenes terribles de los tormentos sufridos hasta la muerte por cristianos fieles, gente del pueblo.

El resumen que acabo de hacer sobre un filme de dos horas y media, que según no pocos críticos de cine resulta muy ambiguo y complejo, es una simplificación escasa, del todo insuficiente. Por eso les recomiendo el análisis y comentario que hizo de él Mons. Robert Barron, Obispo Auxiliar de Los Angeles (EE.UU.), publicado en Aciprensa el 2 de enero 2017, del que transcribo sólo un párrafo:

“El establishment secular siempre prefiere a los cristianos vacilantes, inseguros, divididos y ansiosos por privatizar su religión. Y está demasiado dispuesto a desechar a las personas apasionadamente religiosas, tildándolas de peligrosas, violentas y, seamos realistas, no tan brillantes.”

Los 26 mártires de Nagasaki (Japón)

El primer anuncio del Evangelio en el Japón lo realizó en 1549 San Francisco de Javier, con dos compañeros, Cosme de Torres y Juan Fernández. Lograron ser autorizados en su empresa por el daimio de Kagosima, Shimazu Takahisa. Esta primera misión tuvo un tiempo favorable, y contó con el respaldo del principal daimio del Japón, Oda Nobunga. Pero, asesinado éste, su sucesor promulgó en 1587 el primer edicto de prohibición del cristianismo, ordenando la expulsión de los jesuitas. La aplicación de este edicto de persecución llegó a la máxima violencia en Nagasaki, en 1597, con la crucifixión de 26 mártires cristianos.

Entre ellos murió San Pedro Bautista, franciscano español, con cuatro compañeros de hábito, uno de ellos mexicano, San Felipe de Jesús, y otro indio, San Gonzalo García; tres jesuitas japoneses, entre ellos San Pablo Miki (1564-1597), gran evangelizador de sus compatriotas, y diecisiete laicos japoneses, incluidos tres niños. Conocemos al detalle cómo fue su martirio por crónicas de cristianos que lo presenciaron. Del Oficio de lectura de la Liturgia de las Horas de hoy transcribo la narración que sigue.

De la Historia del martirio de san Pablo Miki y compañeros, escrita por un contemporáneo: “Clavados en la cruz, era admirable ver la constancia de todos, a la que les exhortaban el padre Pasio y el padre Rodríguez. El Padre Comisario estaba casi rígido, los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín daba gracias a la bondad divina entonando algunos salmos y añadiendo el verso: A tus manos, Señor. También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios con voz clara. El hermano Gonzalo recitaba también en alta voz la oración dominical y la salutación angélica.

Pablo Miki, nuestro hermano, al verse en el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado, declaró en primer lugar a los circunstantes que era japonés y jesuita, y que moría por anunciar el Evangelio, dando gracias a Dios por haberle hecho beneficio tan inestimable. Después añadió estas palabras: “Al llegar este momento no creerá ninguno de vosotros que me voy a apartar de la verdad. Pues bien, os aseguro que no hay más camino de salvación que el de los cristianos. Y como quiera que el cristianismo me enseña a perdonar a mis enemigos y a cuantos me han ofendido, perdono sinceramente al rey y a los causantes de mi muerte, y les pido que reciban el bautismo.”

Y, volviendo la mirada a los compañeros, comenzó a animarlos para el trance supremo. Los rostros de todos tenían un aspecto alegre, pero el de Luis era singular. Un cristiano le gritó que estaría en seguida en el paraíso. Luis hizo un gesto con sus dedos y con todo su cuerpo, atrayendo las miradas de todos.

Antonio, que estaba al lado de Luis, fijos los ojos en el cielo, y después de invocar los nombres de Jesús y María, entonó el salmo: Alabad, siervos del Señor, que había aprendido en la catequesis de Nagasaki, pues en ella se les hace aprender a los niños ciertos salmos. Otros repetían: “¡Jesús! ¡María!”, con rostro sereno. Algunos exhortaban a los circunstantes a llevar una vida digna de cristianos. Con éstas y semejantes acciones mostraban su prontitud para morir.

Entonces los verdugos desenvainaron cuatro lanzas como las que se usan en Japón. Al verlas, los fieles exclamaron: “¡Jesús! ¡María!”, y se echaron a llorar con gemidos que llegaban al cielo. Los verdugos remataron en pocos instantes a cada uno de los mártires.”

Oración

Oh Dios, fortaleza de todos los santos, que has llamado a San Pablo Miki y a sus compañeros a la vida eterna por medio de la cruz; concédenos, por su intercesión, mantener con vigor, hasta la muerte, la fe que profesamos. Por Nuestro Señor Jesucristo.

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