Me alegra poder saludarlos aquí en el Vaticano con motivo de su visita ad limina. La peregrinación a las tumbas de los Apóstoles es un momento importante en la vida de cada obispo. Significa una renovación de su vínculo con la Iglesia universal, que avanza a través del espacio y el tiempo como el Pueblo de Dios en movimiento, llevando fielmente el patrimonio de la fe a lo largo de los siglos y a todos los pueblos. Agradezco cordialmente al Cardenal Reinhard Marx, Presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, por su cortés saludo. Expreso mi gratitud a todos ustedes por ayudarme a cumplir el Ministerio de Pedro por medio de sus oraciones y su trabajo en las Iglesias particulares. Les agradezco especialmente por el gran apoyo que la Iglesia en Alemania ofrece a personas de todo el mundo por medio de sus numerosas obras de caridad.

Vivimos en un momento excepcional en el tiempo. Cientos de miles de refugiados han venido a Europa o han salido en búsqueda de refugio de la guerra y la persecución. Las Iglesias cristianas y muchos ciudadanos individuales de su país están proporcionando una enorme cantidad de ayuda a fin de alojar a estas personas, dándoles asistencia y cercanía humana. En el espíritu de Cristo continuemos enfrentando el desafío del enorme número de personas desposeídas. Al mismo tiempo apoyemos todas las iniciativas humanitarias que apuntan a hacer más soportables las condiciones de vida en sus países de origen.

Hay una gran diferencia entre las comunidades católicas del Este y del Oeste de Alemania, así como entre las del Norte y del Sur. La Iglesia trabaja con profesionalismo en los medios sociales y caritativos en todas partes y también es muy activa en el campo educativo. Es necesario asegurar que en estas instituciones se preste atención a la identidad católica; de esta manera ellas serán un factor positivo que no ha de ser subestimado en la construcción de una sociedad habitable. Además se nota un decrecimiento muy fuerte de la concurrencia a la Misa dominical, así como de la vida sacramental, particularmente en las regiones de tradición católica. En los años ‘60 del siglo pasado casi cada miembro de la Iglesia asistía a Misa cada domingo, mientras que ahora los fieles [que asisten] representan menos del 10 por ciento. Cada vez menos gente recibe los sacramentos. El sacramento de la Penitencia casi ha desaparecido. Cada vez menos católicos reciben la Confirmación o contraen un Matrimonio católico. El número de las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada ha disminuido notoriamente. Dados estos hechos se puede hablar verdaderamente de una erosión de la fe católica en Alemania.

¿Qué podemos hacer? Primeramente es necesario superar la resignación que paraliza. Por supuesto no es posible reconstruir lo que existía en el pasado a partir de los restos de los “bellos tiempos pasados”. Sin embargo, podemos dejarnos inspirar por las vidas de los primeros cristianos. Basta pensar en Priscila y Aquila, fieles de San Pablo. Como esposos ellos dieron testimonio con palabras convincentes (cf. Hechos 18:26), pero sobre todo con sus vidas, de que la verdad fundada en el amor de Cristo por su Iglesia es verdaderamente digna de fe. Ellos abrieron su hogar a la proclamación del Evangelio y sacaron fuerza para su misión de la Palabra de Dios. El ejemplo de estos “voluntarios” puede impulsarnos a reflexionar, dada la tendencia hacia una creciente institucionalización. Se inauguran nuevas estructuras en las que al final los fieles están ausentes. Es una suerte de nuevo pelagianismo que nos conduce a poner fe en las estructuras administrativas y las organizaciones perfectas. La excesiva centralización, en vez de mostrarse útil, complica tanto la vida de la Iglesia como su dinámica misionera

(cf. Evangelii Gaudium, n. 32). La Iglesia no es un sistema cerrado que rota constantemente alrededor de las mismas preguntas y dudas. La Iglesia está viva, se dirige a los seres humanos en su realidad, sabe cómo tocarlos y animarlos. Su rostro no está endurecido, su cuerpo se mueve; crece y tiene sentimientos: ella es el Cuerpo de Jesucristo.

El imperativo actual es la conversión pastoral, en otras palabras: “La reforma de estructuras [de la Iglesia] que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad.” (Evangelii Gaudium, n. 27). Por supuesto, las condiciones en la sociedad de hoy no son enteramente favorables. Una cierta mundanidad prevalece. Esta mundanidad deforma a las almas y sofoca la conciencia de la realidad: una persona mundana vive en un mundo artificial que él o ella construye. Es como si se rodearan por un vidrio oscuro a fin de no ver hacia afuera. Es difícil alcanzarlos. Sin embargo la fe nos dice que es Dios quien actúa primero. Esta certeza nos conduce ante todo a la oración. Oramos por los hombres y mujeres de nuestras ciudades y nuestras diócesis y también oramos por nosotros mismos para que Dios nos envíe un rayo de caridad divina a través de nuestro vidrio oscuro, tocando los corazones para que puedan entender su mensaje. Debemos ir entre la gente con el ardor de los primeros que recibieron el Evangelio. Y “cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre “nueva” (Evangelii Gaudium, n. 11). Así es posible presentar nuevas vías y formas de catequesis para ayudar a los jóvenes y las familias a redescubrir con gozo la auténtica fe común de la Iglesia.

En este contexto de la nueva evangelización es indispensable que el obispo lleve a cabo con diligencia su mandato de enseñar la fe –la fe transmitida y vivida en la comunión viva de la Iglesia universal– en los muchos campos de su ministerio pastoral. Como un padre cariñoso, el prelado estará junto a las facultades teológicas, ayudando a los docentes a redescubrir la gran importancia eclesial de su misión. La fidelidad a la Iglesia y a su Magisterio no va en contra de la libertad académica sino que exige una actitud humilde de servicio a los dones de Dios. El sentire cum Ecclesia [sentir con la Iglesia] debe distinguir de un modo particular a aquellos que educan y forman a las nuevas generaciones. Además, la presencia de facultades teológicas en institutos educativos del Estado ofrece una verdadera oportunidad de buscar el diálogo con la sociedad. Hagan buen uso también de la Universidad Católica de Eichstätt con su facultad de teología y sus diversos departamentos en otros campos de estudio. Dado que es la única Universidad Católica en su país, esta institución es invalorable para toda Alemania, por lo que se espera un compromiso apropiado de parte de toda la Conferencia Episcopal a fin de reforzar su importancia supra-regional y de promover un intercambio interdisciplinario sobre temas presentes y futuros de acuerdo con el espíritu del Evangelio.

Luego, volviendo la mirada a las comunidades parroquiales en las que la fe es experimentada y vivida principalmente, el obispo debe tener la vida sacramental especialmente en el corazón. Quiero subrayar dos puntos: la Confesión y la Eucaristía. El próximo Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia será una oportunidad para redescubrir el Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación. La Confesión es el lugar en el cual el perdón y la misericordia de Dios son recibidos como un don. Es en la Confesión que comienzan la transformación de cada miembro individual de los fieles y la reforma de la Iglesia. Confío en que durante el Año Santo, y después de él también, se preste mayor atención a este sacramento, tan importante para la renovación espiritual, en los programas pastorales diocesanos y parroquiales. Es igualmente necesario resaltar siempre la estrecha conexión entre la Eucaristía y la Ordenación Sacerdotal. La experiencia ha demostrado que los programas pastorales que no dan suficiente importancia a los sacerdotes en su ministerio de gobierno, enseñanza y santificación con respecto a la estructura de la Iglesia y a la vida sacramental están condenados al fracaso. La preciosa cooperación de los fieles laicos, especialmente donde faltan las vocaciones, no puede sustituir al ministerio sacerdotal o incluso hacer que parezca meramente opcional. Sin sacerdote no hay Eucaristía. Y el cuidado pastoral de las vocaciones comienza con el deseo ardiente de tener sacerdotes en los corazones de los fieles. Por último, una de las tareas del obispo que nunca se aprecia suficientemente es el compromiso con la vida. La Iglesia nunca debe cansarse de ser una defensora de la vida y no debe olvidarse de proclamar que la vida humana debe ser protegida incondicionalmente desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. Aquí nunca podremos hacer concesiones sin volvernos también culpables de participar en la desafortunadamente muy extendida cultura del descarte. ¡Qué heridas abiertas debe sufrir nuestra sociedad por haber desechado a los más débiles e indefensos: las vidas de los niños no nacidos, así como de los ancianos y los enfermos! Al final todos sufriremos las consecuencias dolorosas.

Queridos hermanos, espero que sus reuniones con la Curia Romana en estos días sirvan para iluminar el camino de sus Iglesias particulares en los años venideros, ayudándolos a redescubrir cada vez más su gran patrimonio espiritual y pastoral. Así ustedes podrán continuar con confianza su apreciado trabajo en la misión de la Iglesia universal. Por favor sigan rezando por mí para que con la ayuda de Dios yo pueda cumplir mi Ministerio Petrino. Similarmente los confío a la intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de los Apóstoles Pedro y Pablo, así como de los Beatos y Santos de su país. Imparto cordialmente mi Bendición Apostólica a ustedes y a los fieles de sus diócesis.[1]



[1] Discurso a los Obispos de la Conferencia Episcopal Alemana en su visita ad limina del viernes 20 de Noviembre de 2015.
Traducido del inglés por Daniel Iglesias Grèzes.