El reciente Magisterio de la Iglesia ha utilizado con cierta frecuencia la expresión “laicidad positiva” para designar la justa relación entre la Iglesia y la comunidad política. La “laicidad positiva” implica entre otras cosas que todos los actores de una sociedad plural (incluso la Iglesia) están llamados a colaborar procurando el bien común de la sociedad. También la Iglesia Católica –se suele decir, con razón– tiene una palabra que decir y un aporte que realizar en todo lo referente a la dignidad humana. El primer paso hacia la laicidad lo dio Nuestro Señor Jesucristo, al distinguir entre “lo que es del César” y “lo que es de Dios” (cf. Mateo 22,21). Siguiendo esta enseñanza de Cristo, los primeros cristianos se negaron a rendir un culto religioso al Emperador de Roma, pues reconocían a un solo Dios. Muchos miles de ellos mantuvieron esa negativa hasta el extremo del martirio. Sin embargo, en torno al complejo tema de la “laicidad positiva” se presentan varias tentaciones que debemos evitar, para ser fieles a la doctrina católica. Consideraremos aquí dos de esas tentaciones.

Hoy se suele decir que la Iglesia debe hacer su importante aporte a la sociedad plural, anunciando a Jesucristo y su Evangelio, pero que debe hacerlo con humildad, sin pretender que todos piensen como ella, sin pretensiones hegemónicas, dialogando sin pretender “dictar cátedra”. Con buena voluntad, todo esto puede ser interpretado correctamente, pero en este punto conviene hacer algunas aclaraciones para no caer en la ideología relativista, tan en boga en la actualidad.

En Cristo Dios nos ha revelado la verdad acerca de Dios, acerca del hombre y acerca de la debida relación entre ambos (la religión verdadera). Según sus propias palabras, Cristo ha venido al mundo para dar testimonio de la verdad (cf. Juan 18,37). La verdad suprema o religiosa en cierto modo se identifica con el mismo Cristo (Juan 14,6: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí”). Es una verdad que libera (Juan 8,31-32: “Jesús dijo a aquellos judíos que habían creído en Él: “Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres”), una verdad que salva (1 Timoteo 2,4: “[Dios] quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”). Por eso Jesucristo mandó a su Iglesia predicar esa verdad, como parte esencial de su misión de salvación (Mateo 28,18-20: “Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.”)

El Concilio Vaticano II, fiel a la doctrina católica bíblica y tradicional, sostuvo con fuerza que el catolicismo es la única religión verdadera:“En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndolo, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica y Apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la misión de difundirla a todos los hombres, diciendo a los Apóstoles: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado” (Mateo 28,19-20). Por su parte, todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla” (Declaración Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa, n. 1).

El Vaticano II, de un modo implícito pero muy claro, rechazó el laicismo o secularismo: “Confiesa asimismo el santo Concilio que estos deberes afectan y ligan la conciencia de los hombres, y que la verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas. Ahora bien, puesto que la libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo” (idem; cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, nn. 36 y 76).

El cristiano debe dar testimonio de la fe cristiana con humildad porque esa fe es un don de Dios inmenso e inmerecido. Pero sería una falsa humildad que, para no dar una impresión de arrogancia a los no cristianos, el cristiano presentara la doctrina cristiana, no como la verdad revelada por Dios en Cristo, sino como una opinión religiosa más, con el mismo valor intrínseco que otra cualquiera. El cristiano no es “el dueño de la verdad”, pero sí un humilde y frágil portador de la verdad primordial, la verdad que salva.

No es realista esperar que, en una moderna sociedad pluralista, todos acepten el mensaje cristiano, pero sí es preciso proponer la fe cristiana a todos, con humildad y convicción a la vez.

No es correcto que el cristiano tenga pretensiones hegemónicas en el sentido de pretender que la Iglesia ejerza el gobierno secular de la comunidad política o en el sentido de un falso proselitismo, que busca sobre todo aumentar el poder o el prestigio mundanos del propio grupo religioso. Pero es tarea de los fieles cristianos laicos ordenar los asuntos temporales según Dios (cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia, n. 31), es decir según la Ley de Dios, que es válida para todos los hombres, no sólo para los cristianos.

El cristiano debe dialogar sin soberbia con los no cristianos, pero ese diálogo, para ser fiel a la misión de la Iglesia, ha de tener siempre un objetivo final de evangelización.

Consideremos ahora un segundo peligro a evitar en torno al tema de la “laicidad positiva”. Se suele decir que nuestros mayores vivieron la fe desde la perspectiva propia de la Iglesia de su tiempo, pero hoy estamos en otro tiempo: la Cristiandad ya no existe; vivimos en una sociedad plural, democrática, laica y hemos de adaptarnos en cierto modo a ella.

También un discurso así necesita importantes aclaraciones. La Cristiandad fue la fe cristiana encarnada, de un modo imperfecto pero profundo, en la sociedad y en la cultura. En la Cristiandad por lo común la fe católica se transmitía sin mayores dificultades de padres a hijos, con la ayuda del influjo de un sinnúmero de tradiciones o costumbres cristianas que impregnaban los distintos aspectos y estamentos de la sociedad. La crisis espiritual y moral causada por la secularización ha cambiado radicalmente el panorama socio-cultural en los últimos siglos, y sobre todo en los últimos 50 años.

Es verdad que un sano realismo debe llevarnos a reconocer claramente la situación en que vivimos y a aceptar los aspectos positivos de la modernidad. También es verdad que la misión actual del cristiano no puede concebirse adecuadamente como un imposible intento restauracionista, de mero regreso al pasado, tal vez a la sociedad cristiana medieval. Pero eso no implica dejar de reconocer los valores positivos de la Cristiandad ni los valores negativos de la sociedad moderna (liberal o socialista).

La fe católica profesada, celebrada, vivida y rezada en clave de plena fidelidad a Dios, a Jesucristo y a la Iglesia Católica, tanto en el nivel individual como en el nivel colectivo, tiende de por sí a construir una cultura católica. La cultura católica debe incluir como uno de sus elementos principales el combate contra el ateísmo y el secularismo, principales enemigos actuales de la fe católica. También debe reafirmar la existencia y el valor de la ley moral natural, recordando a todos que el bien objetivo existe y que el ser humano puede conocerlo y realizarlo. También debe fundamentar y reafirmar firmemente el derecho humano a la vida y los derechos del matrimonio y la familia, valores morales, políticos y jurídicos fundamentales e irrenunciables, hoy sometidos a una gravísima agresión por parte de la cultura predominante en Occidente. Por último, la cultura católica debe recordarnos constantemente que, en la vida cristiana, todo debe tener como objetivo último la gloria de Dios y el bien trascendente de los hombres (su salvación).

Nunca debemos olvidar que Nuestro Señor Jesucristo es Rey del Universo (no sólo de la Iglesia), y que es nuestro deber impulsar su Reinado no sólo en el nivel individual, sino también en el nivel social: “[Dios] nos hizo conocer el misterio de su voluntad, conforme al designio misericordioso que estableció de antemano en Cristo, para que se cumpliera en la plenitud de los tiempos: reunir todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, bajo un solo jefe, que es Cristo” (Efesios 1,9-10).